Las leyes han acompañado a la humanidad desde sus orígenes, y su propósito va mucho más allá de simples normas de convivencia. En la tradición bíblica, particularmente en la Parashat Mishpatim, se nos recuerda que las leyes son un reflejo de la voluntad divina y un instrumento para mantener el equilibrio entre la justicia, el orden y el amor.
Mishpatim presenta la ley como un tejido que une justicia, orden y responsabilidad moral. Para los Noájidas, especialmente, que sostienen los principios universales derivados de la tradición judía, esta porción ofrece una guía práctica, puesto que las normas no son meras prohibiciones, sino herramientas para construir una convivencia humana digna y sostenible.
En primer lugar, porque las leyes cumplen la función de regular la conducta humana. Al establecer lo permitido y lo prohibido, crean un marco que favorece la convivencia pacífica y evita el caos. Sin ellas, la vida en comunidad sería imposible, pues cada individuo actuaría únicamente según sus propios intereses.
En el ámbito religioso, surge una pregunta profunda: ¿por qué Dios ordenó leyes si el mundo fue creado con amor? Algunos sectores sostienen que la Ley ha sido abolida, pero esta visión es incompleta. Las leyes no contradicen el amor divino, sino que lo complementan. El amor sin orden puede volverse caótico; la ley, en cambio, canaliza ese amor hacia una convivencia justa y equilibrada.
La ley como protección del débil: Mishpatim insiste en cuidar a los vulnerables y en establecer sanciones que eviten la explotación.
El equilibrio entre libertad y orden: las reglas permiten la libertad responsable; sin marco normativo la libertad de unos destruye la de otros.
La responsabilidad comunitaria: la justicia no es solo individual; la comunidad comparte deberes para que el bien común prospere.
La dimensión ética y espiritual: las normas tienen raíz en una visión moral que trasciende lo utilitario y busca la armonía entre lo humano y lo trascendente.
Las 7 leyes de Noaj son el fundamento moral universal: Al adoptar las enseñanzas de Mishpatim como principios éticos básicos —honestidad, reparación del daño, protección de la vida— se refuerza la legitimidad de normas civiles en sociedades plurales.
La justicia restaurativa: privilegiar la reparación y la reconciliación sobre la mera retribución refleja el espíritu de proteger y restaurar relaciones dañadas.
El compromiso cívico: promover leyes justas y participar en la vida pública son expresiones concretas de la responsabilidad comunitaria que Mishpatim exige.
La educación ética: enseñar desde la infancia la importancia de la ley como servicio al prójimo ayuda a formar ciudadanos responsables y empáticos.
La práctica de la compasión con límites: combinar misericordia con normas claras evita el paternalismo y protege tanto al necesitado como a la comunidad.
Sugerencias concretas para la comunidad Noájida
Crear espacios de diálogo donde se traduzcan principios antiguos a políticas locales (trabajo, comercio, justicia penal).
Impulsar iniciativas de apoyo social que atiendan a quienes quedan fuera del sistema: asistencia legal, mediación comunitaria, redes de ayuda.
Fomentar la transparencia y la rendición de cuentas en instituciones comunitarias para que la autoridad sea legítima y confiable.
Promover la formación ética para líderes y educadores, asegurando que las normas se apliquen con sabiduría y humanidad.
Mishpatim enseña que la ley, bien entendida, es un acto de amor práctico que protege, ordena y dignifica. Para los Noájidas contemporáneos, su desafío es traducir Las Leyes de Noaj en mandatos con acciones públicas y personales que construyan sociedades más justas, solidarias y responsables.
Además, las leyes garantizan derechos y deberes. Todos los ciudadanos, sin importar su condición, están sujetos a las mismas obligaciones y disfrutan de las mismas protecciones. Este principio de igualdad es fundamental para que la justicia se aplique de manera equitativa y para que los más vulnerables no queden desamparados.
Otro aspecto esencial es la legitimidad de la autoridad. Las leyes no surgen de manera arbitraria, sino que son dictadas por órganos que representan la voluntad popular o, en el plano espiritual, por mandato divino. Esto les otorga un carácter vinculante y respetado, pues no se trata de imposiciones caprichosas, sino de normas que buscan el bien común.
Finalmente, las leyes son mucho más que reglas, son el pilar que sostiene la vida social y espiritual. Representan un puente entre la justicia y el amor, entre la libertad individual y el bien colectivo. Sin ellas, la humanidad perdería el rumbo; con ellas, se abre la posibilidad de vivir en armonía, tanto con los demás como con lo divino.

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