¿Cómo funciona la relación de Israel con las Naciones, según el Talmud?

Apuntes de una clase con el Rabino David Shalem en donde plantea una reflexión profunda sobre el origen, la naturaleza y el propósito de las naciones en el plan Divino, relacionándolo de manera directa con los principios del movimiento noájida.

En la Biblia está claro que Dios llamó a Israel "am segulá" -Pueblo Atesorado- que algunos traducen mal diciendo que es Su pueblo elegido, y podría ser, salvo que el término encierra todavía un significado aún más profundo. Israel tiene, intrínsecamente, una parte entre las naciones del mundo. Básicamente, dicho de otra manera, todas las naciones del mundo tienen parte con Israel.

Rabí Moshe Jaim Luzzatto (El Ramjal, 1707-1746) En su célebre libro de filosofía judía y ética, Derej Hashem ("El Camino de Dios"), el Ramjal ofrece una de las explicaciones más influyentes: la naturaleza del bien es hacer el bien. Explica que Dios, al ser la perfección absoluta y la bondad suprema, creó el universo con el único propósito de otorgar Su bondad a otros. Dado que no había nadie para recibir ese beneficio infinito, Dios creó al ser humano con libre albedrío para que, mediante su propio esfuerzo espiritual y moral, se hiciera merecedor de apegarse a la Presencia Divina y disfrutar del bien máximo. Bajo este principio Israel, como el pueblo atesorado de HaShem, debe hacer el bien a las naciones.

Esto es parte del servicio a Dios, ya que Él nos da el bien y si nosotros no tenemos a quien darlo es como Nahama de Kisufa (el pan de vergüenza), llamado también Lejem HaBishá (concepto del Rab Yehuda Ashlag) y este concepto describe la incomodidad espiritual que siente un alma al recibir regalos, sustento o bendiciones divinas gratis, es decir, por caridad y sin habérselas ganado con su propio esfuerzo. Según los sabios, esta es la razón por la cual Dios creó nuestro mundo físico e imperfecto: para darnos la oportunidad de trabajar, elegir el bien y "ganarnos" el pan espiritual a través del mérito propio, eliminando así esa sensación de vergüenza.

En este punto cabe aclarar que la vergüenza no es un producto del pecado. La vergüenza es algo natural y existía antes del pecado, por eso HaShem le ordena a Adam algo para hacer, una función en el huerto, que lo trabajara y lo cuidara, entendiendo que el jardín es algo espiritual, no algo material. De esta manera, Adam se sentía bien con lo que hacía y no sentía vergüenza de todo lo que recibía. La vergüenza que se relata en Bereshit 2:25 es debido a su vestimenta, no a lo que hacía.

Desde la perspectiva del diseño Divino, se aborda cómo el Creador ocultó (de alguna manera) de forma parcial, su presencia para dar espacio al libre albedrío. ¿Cómo así? porque si los humanos pudiéramos sentir, de manera explicita, Su presencia en cada momento y acto que realizamos, inefablemente siempre elegiríamos hacer el bien, porque la supervisión es evidente y buscaríamos siempre estar apegados a Él.

El "ocultamiento" de la presencia Divina en este mundo permite que el libre albedrío funcione en el hombre, dándole la facultad de poder elegir entre lo bueno y lo malo. Sin embargo, en Su infinita bondad, HaShem concede que en cada generación existan personas que si se sientan apegadas a Él, y Dios los bendice con bendiciones totalmente extraordinarias. Esto con el fin de que las demás personas, al ver como son las bendiciones de una persona apegada a HaShem, se motiven a querer vivir de la misma manera y disfrutar de una vida bendecida.

En ese marco, la labor de orientar la conducta ética de la humanidad no requiere que todas las personas se conviertan al judaísmo, por el contrario, cada pueblo tiene el llamado a conservar su idiosincrasia, cultura e identidad integrando la fe y el comportamiento ético mediante la observancia de los Siete Preceptos de las Naciones (Leyes Noájidas).

Ese era, en principio, el programa original de HaShem con la Creación. Pero podemos ver que finalmente llegó el Diluvio, lo que significa que las cosas no funcionaron como el Cielo quería, algo estaba fallando, pero HaShem no tiene un único programa sino que tiene varios programas funcionando simultáneamente. Varios tipos de caminos para llegar a una meta. Así que el programa original derivó en que ya no sería tanto la influencia de una persona sobre el resto de la humanidad, sino la influencia de todo un pueblo, bendecido sobrenaturalmente, por la observancia y el cumplimiento de ciertas leyes ordenadas por Él lo que llevará a las demás naciones a querer vivir también una vida apegada al Creador.

Cabe destacar que así como Israel, la primera cosecha de HaShem, está llamado a elevar, espiritualmente, a las naciones, existe, sin embargo, otro pueblo que se encarga de degradar y destruir toda la Creación y llevar a las naciones a negar a Dios. Ese pueblo es Amalec, como bien lo explica la parashá Balac (Números 22:2 - 25:9) y tambien lo reitera el Maharal de Praga, Rabbi Judah Loew: "El principio de todos los pueblos es Amalec".

Entiéndase que estas palabras no son una condena de la existencia de otras naciones, sino una categoría metafísica sobre el origen del mal en orden cósmico. Amalec no representa a la humanidad, sino al vacío moral. Para el Maharal (expresado en obras como Netzaj Yisrael y Gur Aryeh), cada nación del mundo posee un propósito, una función esencial y una chispa de dignidad humana dentro del plan divino. Amalec, en cambio, no representa una cultura ni una etnia geográfica real hoy en día; representa una fuerza espiritual.

El principio es que Amalec fue la primera entidad en rebelarse contra la manifestación Divina en la historia al atacar a Israel por la espalda tras la salida de Egipto. Es la "raíz" del fenómeno del antisemitismo ideológico y de la falta de moral. Por lo tanto, la oposición absoluta de Israel es únicamente contra la fuerza de Amalec (la barbarie y el odio destructivo), no contra el resto de los pueblos de la Tierra.

Bajo esta lectura talmúdica, la posición de Israel frente al mundo no es de aislamiento ni de hostilidad, sino de distinción y responsabilidad funcional. Por el contrario, Israel no debe asimilarse ni subyugar a otros, sino mantener su identidad espiritual única para cumplir su papel de "luz para las naciones" y la tradición talmúdica establece que las naciones no necesitan convertirse al judaísmo para alcanzar el favor divino. Es bajo esta lente donde cobra verdadero sentido la confrontación bíblica contra Amalec. En la exégesis del Maharal de Praga, Amalec no representa a los pueblos del mundo en general, sino a la personificación de la barbarie, el cinismo y la destrucción irracional del valor de la vida.

Por ende, la lucha de Israel contra las fuerzas de Amalec jamás debe interpretarse como una guerra contra la humanidad o contra las naciones vecinas. Es, por el contrario, una cruzada moral en defensa de la humanidad entera: un combate para proteger los cimientos de la justicia y la dignidad ante aquellos nihilismos que buscan arrastrar al mundo hacia el caos y la deshumanización. Para el pensamiento talmúdico, cualquier nación que promueva el respeto por la vida, la justicia y la dignidad humana a través de estos pilares se considera socia en la construcción de un mundo perfeccionado (Tikún Olam).

El propósito último de la existencia de las naciones no es el asimilacionismo ni la uniformidad global, sino la convivencia justa y la rectificación ética de toda la humanidad desde la particularidad de cada pueblo. Por otro lado, existe la clara distinción entre la preservación sana de la identidad cultural de una nación y el surgimiento de nacionalismos extremistas o fascistas que intentan sobreponerse a los demás de manera excluyente, y no debería ser así sino que toda nación, reconozca los principios éticos y morales para comportarse de manera correcta y civilizada buscando siempre el bien común, representado en la mejora de la calidad de vida y el establecimiento de los valores como pilares fundamentales para su funcionamiento.




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